El rio Tinto atraviesa la faja pirítica, uno de los mayores yacimientos minerales de sulfuros metálicos en el mundo, que se extiende desde Huelva a Portugal. Estos yacimientos han sido explotados desde tiempos inmemoriales por diversas culturas, de ahí que el origen de sus llamativas características, particularmente su color rojizo, se haya asociado a la actividad minera en sus alrededores. Sin embargo, los verdaderos responsables de la acidez extrema de sus aguas, y la descomposición de las rocas que originan los característicos sedimentos de hidróxido de hierro no son las minas, sino los microorganismos que habitan el río al oxidar los minerales, sulfuros de hierro y otros metales, en un proceso natural que viene produciéndose desde hace millones de años. Al margen de su interés científico, el rio Tinto es un verdadero tesoro paisajístico. ​​​​​​​
Al cromatismo de las aguas y su entorno hay que sumar otros muchos elementos interesantes para la fotografía. Rocas pulimentadas y  barros multicolores en las orillas, que en la época seca se cuartean y retuercen formando mosaicos y texturas imposibles. Pequeñas cascadas que producen espumas en movimiento con las que dibujar imprevisibles  trazos y espirales a través de largas exposiciones. Biopelículas superficiales formadas por microorganismos, y que dan lugar a láminas de diferentes tonalidades, y a filamentos (serpentinas) capaces de formar auténticas filigranas en la superficie. Las características terrazas formadas por sedimentos de minerales de hierro depositados a lo largo de los años, sobre las que fluyen sutiles corrientes de agua que, cuando es transparente, permite vislumbrar las rocas sumergidas a modo de corales multicolores. En definitiva, un lugar mágico de infinitas posibilidades.
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